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Los tres chanchitos... y el lobo! Versión Libre

Los tres chanchitos de nuestra historia se llaman Tomás (pero le dicen Tomasito), Lupina y Martín (pero le dicen Martin, sin acento). Un día decidieron irse a vivir solos pero de maneras distintas.

Tomasito compró paja, alambre, tanza, estacas y un martillo. Puso un puñado de paja por acá, otro por allá, uno último por aquí... tanza cortada con los dientes para unir esta paja, un poquito más para el techo, otro poquito para la derecha y para allá. Con el alambre (ya con pocas ganas porque todo esto lo estaba cansando mucho) reanudó las paredes y las clavó al piso con estacas y martillo. Cuando tenía que ajustar la puerta, usó la paja para hacerse un almohadón y se tiró a dormir... él sabía que el lobo andaba por ahí, pero tenía ganas de dormir.

Lupina, que es bastante ingeniosa, se compró un serrucho, clavos, una chapa para el techo y le pidió prestado el martillo a Tomasito que, como estaba durmiendo, no pudo dárselo. Ella pensó “se lo pido más tarde” y comenzó a cortar rápido madera porque sabía que el lobo andaba por ahí y no quería descansar ni un momento.

Martin, que no estaba seguro de querer vivir solo empezó a pensar y a charlar con los demás animales. Se juntó con el grupo de las Quince Gallinas, con Caballo Gris y con las Abejas Jacintas y decidieron irse a vivir juntos. Las Quince Gallinas estaban cansadas de poner siempre la misma cantidad de huevos a la misma hora; Caballo Gris estaba viejo y quería poder mirar a sus lados (sin las anteojeras); y las Abejas Jacintas estaban agotadas del ruido de los camiones que por ahí pasaban.

Mientras debatían se les acercó la familia Topos Popos.

-Nosotros somos de un lugar donde la Madre Tierra no ha sido devastada. –les contaron- Donde los animales decidimos por nosotros mismos, un lugar donde...- y dejaron de hablar- No queda lejos. Vengan por nuestros túneles y lo conocerán.

Martin, las Quince Gallinas, Caballo Gris y las Abejas Jacintas no sabían de que se trataba, pero tenían un sueño.

Mientras tanto, el lobo se despertó de su larga siesta sintiendo hambre, pero pensó: “Antes de salir a comer, me bañaré, me cambiaré y me lavaré los dientes; después: ¡a buscar chanchitos!”

Primero se encontró con la casita de Paja, ¡la de Tomasito! Rió y gruñó:

-¡Sal chanchito, sé que estás ahí!

Pero el chanchito dormía y no pudo contestarle.

-¡Si no sales: soplaré, soplaré y tu casa derribaré!

El chanchito se levantó de su almohadón y sostuvo las paredes con cola y patas. El lobo sopló: fuuuuuuu, sopló: fuuuuuuu y sopló: fuuuuuuuu y la casita derrumbó.

Tomasito salió corriendo. Por suerte para él, el lobo se enredó con el alambre y las tanzas y se cayó al piso. ¡No lo pudo atrapar!

Después de desatarse, el lobo caminó, corrió y se encontró con la segunda casita. ¿Nos acordamos de lo que le pasó a Lupina? Como estaba sola trabajando, no llegó a cortar suficiente madera y tampoco pudo clavarlas ¡por no tener martillo!. La chapa la puso así nomás como techo, sostenida por el peso de unas cuantas piedras.

El lobo se paró cerca de la puerta, rió y gruñó:

-¡Sal chanchita, sé que estás ahí!

La chanchita Lupina sabía que su casita no era muy fuerte, ¡lo sabía! Y mientras el lobo gruñía, ella salía... por atrás de la casita.

-¡Si no sales: soplaré, soplaré y tu casa derribaré!

La chanchita Lupina se alejaba del lobo sin que este la viera. El lobo sopló: fuuuuuuu, sopló: fuuuuuuu y sopló: fuuuuuuuu y la casita derrumbó.

Para su sorpresa la chanchita no estaba allí ¡La vió correr a lo lejos! Quiso alcanzarla pero en el apuro se clavó en sus patas los clavitos que la chanchita no había usado. ¡Ay, ay, ay! ¡Que dolor, lobo feroz!

El lobo se sacó los clavos y salió en busca de otro chanchito pero, para su asombro, no había más chanchitos... ni gallinas... ¡ni nada! De casualidad miró para el cielo y vió una bandada de pajaritos rojos volando hacia el oeste; para allí fue, ya con bastante hambre.

Después de mucho andar, el lobo se encontró con una ligustrina de plantas y árboles muy rara porque, cuando él quiso espiar, se movió para no dejarlo. Con dientes y garras consiguió subirse a un árbol que no quería dejarse trepar. Y ¿Saben lo que vió? Vió casitas hechas de barro y pasto en paredes y techo. ¡Las ovejas estaban chochas y comían! El lobo pensó: “¿Cómo soplo ésto?”

Vió agua, mucha agua en arroyos y lagunitas donde los patos jugaban y se bañaban y las vacas bebían. ¡Con la sed que él tenía! Casi no había conseguido agua potable en el camino.

Un poco más lejos vió que estaba el grupo de las Quince Gallinas, con teros y ardillas charloteando y haciendo un montón de comida en unos cuencos de metal. “¿están locos? -pensó- ¿hacen comida para todos? Y yo con tanta hambre” ¡Claro que cocinaban para todos!: los demás animales hacían otras cosas que les hacía falta:

Las Llamas Rastas, por ejemplo, se quitaban unas a otras parte de sus lanas y los monitos con sus manitas tomaban la lana y la apelmazaban formando largos hilos que después las chuñas entretejían formando frazadas o abrigo para los animales friolentos.

Los burros movían piedras pesadas ¿cómo lo hacían? Le pedían permiso a las piedras y éstas se dejaban mover. ¿Para qué las movían? Para poder formar caudales de agua y tener superficies en las que jirafas, choiques y murciélagos pudieran armar huertas. Del compos orgánico se encargaban los mapaches, zorrillos y ratones.

Pero el lobo pensó: “¡Que cómodos esos animales! ¡no hacen nada! ¡yo quiero ser como ellos!” Él se refería a unas vacas, búhos, pájaros e iguanas que vió descansar. Pero: ¡no, lobo! No es que fueran cómodos, ni vagos. Ahora descansaban y en otro momento trabajaban: ¡no se puede trabajar ni descansar siempre!

Había más, un montón más de animales que el lobo no podía ver: había más dentro de las casitas, bajo el agua, detrás del monte y debajo de la Madre Tierra, ¡como la familia Topos Popos! ¿Se acuerdan? Ellos se encargaban de contarle al resto de los animales sobre la comunidad, de traerlos por túneles. Ellos habían traído a Tomasito, a Lupina y a los demás. De hecho Lupina (que tan ingeniosa es) aprendió nuevas técnicas para armar paneles solares e ideó maneras de aprovechar mejor las diferentes energías. Tomasito nunca pudo adaptarse y se fue por otros lados. Pero volvamos al lobo, que estaba trepado al árbol.

-¡¿Hay alguien por acá?! ¡Porque voy a entrar a comérmelos a todos!- gruñó el lobo- Abran estas plantas porque sino soplaré, soplaré y... y... y las plantas y árboles derribaré.

Tres caracoles se le acercaron y hablaron:

-¿Qué te ocurre, animal?

-¿Qué que me ocurre? ¿Quién me está hablando? No veo a nadie.

-Acá, en la hoja de Plantos, acá. ¿Qué te ocurre, lobo...?

El lobo rió y pensó: “¿Tres caracoles? Ja”. Pero para la comunidad los caracoles eran sabios por ser capaces de unir el adentro con el afuera, por moverse con serenidad y precisión.

-¡Me ocurre que me los voy a comer a todos!

-¿Cuál es tu nombre, lobo...?

-¿Mi... mi...qué? Lobo, me llamo lobo. Algunos me dicen ¡Lobo feroz!

-Tu nombre –insistió uno de los caracoles - ¿tienes nombre? – el lobo negó - ¿nunca nadie te ha puesto nombre? – volvió a negar- ya veo.

El lobo se puso nervioso y no quiso demostrarlo; entonces enfureció.

-¡Me los comeré! ¡a todos! ¡Empezaré por ustedes, pequeños caracoles! ¡Me haré una sopa de caracol!

-¿pequeños? – preguntó otro caracol – según quien mire, lobo. Escúchanos: aquí, así no puedes entrar. Este es territorio de la comunidad. Aquí manda el pueblo, y no manda nadie; aquí obedecen las autoridades y no tenemos autoridad.

-Ya vas a ver, hormiga. Soplaré... soplaré... y tu ... y su... y esto todo derribaré.

-No lobo. No me ofendes con decirme hormiga y, no, lobo. Así, acá no puedes entrar, debes cambiar.

Mientras el lobo enfurecía, los caracoles se iban.

El lobo sopló: fuuuuuuu, sopló: fuuuuuuu y sopló: fuuuuuuuu y nada derrumbó. Entonces bordeó las plantas y árboles hasta detrás del monte, pero no consiguió que lo dejaran pasar, pero: ¡claro, lobo! Las plantas y árboles estaban de acuerdo con los animales; de hecho: ¡eran las ideólogas de todo esto!

Del otro lado del monte vió más animales: pájaros carpinteros, hipopótamos moviendo troncos caídos, tortugas trabajando con humanos para almacenar comida para el invierno. “¿humanos?”- se preguntó el lobo – “¡Que raro!”. Y, si, lobo, había humanos que querían vivir devuelta con la naturaleza. No eran muchos, pero había unos cuantos ¡Por algo se empieza! ¿no?

Cerca de las plantas que lo separaban de los animales, había un grupo de niños y niñas jugando con los caracoles; entonces, el lobo quiso engañarlos.

-Vengan, pequeños y dulces niños. Vengan bomboncitos y díganle a las plantas que me dejen pasar a jugar con ustedes... ¡podemos jugar a “¿lobo está?”!

Dos de los niños se acercaron; los otros cuatro no.

-No, lobo -le dijeron- nosotros no mandamos a las plantas. No podemos pedirles que hagan lo que no quieren.

-Y, ¿quién las manda? ¡llámenlo a él y que les diga! ¡les daré caramelos si lo hacen!

-Nadie manda, lobo. Deciden ellas solas, con aquellos, los Grandes Árboles Sabios.

-Pero, pero... ¡entonces les daré muchos caramelos si vienen ustedes para este lado!

-No, lobo. No entendés. A vos, así, no te queremos. Chau.

-Entonces soplaré, soplaré y su... ¡todo derribaré!

Los niños se fueron y el lobo sopló: fuuuuu y sopló: fuuuu y sopló: fuuuu y... y... las plantas resistieron. El lobo, aunque furioso, notó que si seguía soplando las lograría derribar y sopló: fuuuuu y sopló: fuuuu y sopló: fuuuu y... y los niños habían avisado a los otros animales. Mapaches, llamas, carpinchos y loros habían llegado para resistir junto a las plantas. Mientras el lobo soplaba un caracol se le acercaba para hablarle.

-Mira, lobo, y espero que lo entiendas. Acá no te queremos ni te tememos; acá no tienes la entrada libre.

-¡Estoy hambriento! Si me das aunque sea a un chanchito, me iré.

-No, lobo. Yo no puedo ser la voz del que manda, aunque mande obedeciendo con el corazón. La Junta ha decidido que todos somos uno y todos somos nadie.

-¿¡Qué!?- Preguntó perplejo el lobo- Usted, caracol, es muy rebuscado.

-Usted no puede conocerme, porque no tiene abierto su corazón; no sabe como soy. ¡no le daremos a nadie! Ahora, váyase por donde vino, y deje de soplar por ahí haciendo lío.

Pero de repente, los Grandes Árboles Sabios se hicieron oír. Movieron sus ramas y hojas diciendo su resolución.

Un mapache se acercó para interpretar lo que éstos decían:

-Lobo: lo que los Grandes Árboles Sabios dicen es que te vayas por donde viniste porque no soportaremos tus engaños y mentiras; tus armas y saqueos. También dicen que los árboles frutales se han ofrecido generosamente a darte algunas frutas. Llévate las que puedas y hazte licuados.

Y así fue que el lobo sin nombre y sin corazón siguió intentando entrar pero no pudo pasar con el resto de los animales.

En cambio, los niños y los animales recordaban los sucedido con juegos y cuentos, sembrando esperanza, lucha y actitud para muchas comunidades oprimidas.

A mis hijos y a Martin, mi amigo que es un ser hermoso, lleno de vida, bueno como el sol.

Por el poder de la sociedad y la devolución del espacio de la Huerta Orgázmika

1 comentario:

  1. Lo leímos con Josefina... es muy linda versión! Con una moraleja fabulosa.
    Qué lindo lo que hacés Maius! Besitos

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Arnaldo el Robot Cocinero

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